
Los invasores
Cristian A. Aravena, Doctor en Historia del Arte (UNAM). Dramaturgo, historiador del arte y académico con especialización en Historia del Arte Latinoamericano, centrado en el teatro político de los años sesenta, en disidencias sexuales y arte acción en Chile y México desde la década del ochenta.
“Los vi llegar, anoche. Caminando… casi flotando, en grupos de marcha compacta, cruzando potreros, saltando alambradas. Cientos de ellos. Miles. Cantaban mientras venían cruzando las carreteras, papá. ¡Un enorme hormiguero de alegría! ¡Hombres! ¡Mujeres! ¡Niños! ¡Al fin papá! ¡Al fin! ¡Nadie podía detener esto! …siglos de abusos borrados de una plumada… ¿creías en verdad, que iban a poder soportar mucho tiempo más el régimen de explotación en que vivían?”
— Egon Wolff, 1992.
Los invasores se estrenó el 19 de octubre de 1963 en el Teatro Antonio Varas. La obra cuenta la historia de una familia burguesa, los Meyer (el patriarca, su esposa Pietá y sus hijos Bobby y Marcela), que, tras regresar de una confusa fiesta de ricos, presienten un ambiente de pavor y cambios violentos. Entre sus lujos y conversaciones ociosas van a tratar de conciliar el sueño, pero una mano mugrienta rompe uno de los vidrios de la puerta de entrada a la mansión, son el “China” y la “Toletole”. Las personas del “otro lado del río” han cruzado la línea de la miseria que la sociedad les había trazado. Al comienzo aparecen pidiendo limosnas; luego persiguen la reivindicación histórica del despojo, no sin cierta violencia, para más tarde recuperar los medios de producción y los espacios usurpados por Meyer y los suyos. Un ejemplo de esto es que quieren transformar las bibliotecas en hospitales públicos y las catedrales en comedores populares. Entre redenciones y exculpaciones de clase, la obra concluye cuando Meyer (el patriarca empresario) despierta de esta pesadilla. Pero una mano “inmunda” rompe “realmente” el vidrio de la entrada de la mansión de los Meyer.
Para el estreno de la obra en Chile, se estaba desarrollando la segunda campaña presidencial de Salvador Allende de 1964, con el respaldo del conglomerado de partidos de izquierda Frente de Acción Popular (FRAP) y con un sector importante del campo de la cultura apostando al triunfo. Finalmente, fue el demócrata cristiano Eduardo Frei Montalva quien ganó las elecciones de 1964 bajo la premisa de la revolución en libertad. La campaña fue bastante reñida y polarizada. El terror al socialismo movilizó a la burguesía chilena y al gobierno estadounidense para financiar la candidatura de Frei. El objetivo era combatir la expansión del marxismo en América Latina tras el triunfo de la Revolución Cubana en 1959.
Egon Wolff, perteneciente a un sector acomodado de la sociedad chilena, entrega su texto para ser montado en el Teatro Nacional Chileno por el joven director Víctor Jara. Joan (Jara) Turner, bailarina y viuda de Jara, cuenta que “era inevitable un conflicto de clases: Víctor estaba resuelto a dirigir la obra de modo que la simpatía del público se volcara del lado de los pordioseros, mientras Egon quería que el énfasis se pusiera en los temores y la inseguridad de los habitantes de la mansión”. La puesta en escena potenció esas contradicciones y operó como una síntesis de varios aspectos propuestos en el texto, tanto en términos estéticos como políticos. Por una parte, el diseño escénico de Amaya Clunes apostó por simbolizar el lujo, la fastuosidad y lo pesadillesco de la mansión de los Meyer a través de, en sus propias palabras, “unos bastidores gigantes que se perdían en la altura del escenario”, dos escaleras circulares suspendidas y juegos de iluminación en los que, desde el interior, se podía ver un jardín y un gran ventanal que los mugrientos quebraban. Por otra parte, la puesta en escena de Jara acentuaba propuestas corporales corales, mostraba cada vez más elementos coreográficos que lograban condensar la miseria del interior, el patetismo, la fuerza latente del exterior y el estallido inminente del conflicto. En las innovaciones técnicas podemos ver muchas coincidencias con el proyecto revolucionario y modernizador al que el pensador teatral Rine Leal apostaba para Cuba: la inspiración (indirecta) en Gordon Craig, las múltiples posibilidades de los escenarios desnudos, la movilidad, que acentuaba la pesadilla de la vida, y el diálogo con elementos cinematográficos fueron algunos hitos de esta obra.
Con todo, la crítica se mostró dividida. Los invasores refractó las polaridades de la sociedad chilena de los años sesenta. Si bien el texto es cercano a los idearios del cristianismo de izquierda, en su búsqueda de la redención de “los errores” de los sectores dominantes, la posibilidad latente de una alteración del orden de las cosas se mueve entre el terror y la realidad, entre la barbarie y el socialismo. El protagonismo de los personajes del otro lado del río, en términos antagónicos, el desarrollo racional e histórico del argumento que plantea El China respecto a la acumulación de Mayer y su clase hacen que esta obra se constituya profundamente revolucionaria, a pesar del mismo Egon Wolff.
La imagen de una mano sucia que rompe el vidrio de una mampara, que destruye la última frágil capa de vidrio que divide el afuera y la intimidad de la casa de los Mayer es la inminencia de la caída del orden establecido por una sociedad estructuralmente desigual. La supervivencia de estas imágenes a lo largo del tiempo instaura la continuidad del horror pesadillesco de la burguesía ante la pérdida de lo acumulado a costa del despojo de los sectores populares. Se trata de asaltos visuales que la obra presenta como la latencia de los sectores oprimidos, los cuales se organizan para disputar tanto los medios de producción como los imaginarios sensibles frente a las desigualdades.
Los invasores logró hacer estallar los tiempos dramáticos e históricos al invocar un futuro que prefigura lo que sucedió en el Chile de la Unidad Popular y a la vez sembrar imágenes de lo que sería la construcción de otro Chile durante dicho proceso. La administración de los medios de producción por parte de los trabajadores, con experiencias como las de los cordones industriales, constituye un ejemplo de esa latencia. Pero también pone en evidencia el miedo de las clases altas ante la organización popular, desde entonces hasta nuestros días.
La obra se ha convertido tanto en un clásico del Teatro Latinoamericano como en una huella de la estructura de clases en nuestro continente. Esta conflictividad, junto con la organización de los sectores populares y las contradicciones planteadas en la obra, da cuenta de cómo las artes han logrado llevar a escena la indisoluble relación entre arte y política en los procesos de modernización de la larga década de los sesenta en América Latina.
Referencias
Libros y publicaciones asociadas:
Aravena, C. A. (2021, 29 de diciembre). Barro en el terciopelo rojo del Teatro Nacional chileno: la irrupción de otra hegemonía escénica en la época de los años sesenta. Écfrasis: Revista de estudios críticos de arte y cultura contemporánea. https://revista.ecfrasis.com/2021/12/29/barro-en-el-terciopelo-rojo-del-teatro-nacional-chileno-la-irrupcion-de-otra-hegemonia-escenica-en-la-epoca-de-los-anos-sesenta/
De Vicente, C. (s. f.). Noticia del director de escena Víctor Jara (pp. 47–66). http://www.resad.es/acotaciones/acotaciones21/cesar_vjara.pdf
Sepúlveda Corradini, G. (2013). Víctor Jara, su vida y el teatro (2ª ed.). Ventana Abierta.
Turner, J. (2007). Víctor, un canto inconcluso. LOM Ediciones.
Otros enlaces:
Archivo Víctor Jara. (s. f.). Programa de mano [Colección digital]. Fundación Víctor Jara. https://archivovictorjara.cl/fondo_1/pe_programas/cl-avj-pe-s6-sb12-0014/Proyecto ARDE. (s. f.). Registro de obra [Archivo digital]. Proyecto ARDE. https://proyectoarde.org/items/show/6192
Cómo citar este artículo APA (7.ª edición):
Aravena, Cristian A. (2026, 28 de mayo). Los invasores. https://www.modernismolatinoamericano.org/los-invasores
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