
Revolución Mexicana
Daniela Rezago, Doctorante del Programa de Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales (UNAM). Profesora de asignatura en Facultad de Filosofía y Letras y la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
“La Revolución francesa conquistó el derecho de pensar; pero no conquistó el derecho de vivir. Vivir significa ser libre y ser feliz. Tenemos, pues, todos derecho a la libertad y a la felicidad. No luchamos por abstracciones, sino por materialidades. Queremos tierra para todos, para todos pan”.
— Ricardo Flores Magón, 1907.
La Revolución Mexicana fue un movimiento que se inicia formalmente en 1910, cuando diferentes facciones campesinas, proletarias y burguesas opositoras al régimen dictatorial de Porfirio Díaz (1876–1911) se levantan en armas dando lugar a una guerra intestina. Se desplegó en su pleno sentido libertario y modernizador como praxis que no solo radicalizaría la tradición liberal democrática, sino que también recogería la reclama histórica del reparto agrario para el campesinado (ya trazada inclusive por los independentistas) y la mejora de las condiciones de existencia para el proletariado. Las resonancias de la Revolución Mexicana no se reducen a México. Por el contrario, han servido de referencia para otras experiencias en América Latina, África y Asia.
Iniciada el 20 de noviembre de 1910, se manifestó como un conflicto armado aleccionado por movimientos sociopolíticos de diferentes facciones, con proyectos y agendas diversas (maderistas, zapatistas, villistas, carrancistas, magonistas, huertistas), que articularían voluntades, esfuerzos y solidaridades para ir contra el régimen dictatorial en vigor. Huelga mencionar que el porfiriato es considerado en la historiografía mexicana un período en el que se gesta un intensivo proceso de modernización socio-económica a partir de la inercia asociada a la revolución de la reforma (1854 y 1868), que había allanado el camino para la complejización de la economía mexicana por conducto de la desamortización de las propiedades del clero, pero así también de las tierras comunales como expresión misma del despojo que siempre antecede a un proceso de acumulación capitalista. Es decir, esta modernización traería aparejada la instalación de un ethos que, amparado en el positivismo como soporte filosófico-ideológico, estaría asociado al desarrollo de un capitalismo dependiente en México durante los siglos XIX y XX y, consecuentemente, de una burguesía nacional y extranjera en el país.
Los fundamentos ideológicos del pensamiento revolucionario no sólo provenían de la tendencia democrática-liberal reformista impulsada por facciones maderistas, sino que era resultado de un crisol de corrientes y movimientos variopintos que, oscilando entre el liberalismo democrático reformista, el anarquismo y el socialismo, confluían para oponerse a la dictadura porfirista. La apuesta de corte burgués encarnada en el liberalismo democrático reformista impulsado por las facciones maderistas irá vectorizando y dirigiendo la construcción de una correlación de fuerzas mediante el pacto, la cooptación y la absorción de diferentes facciones opositoras al Porfiriato y sus respectivos proyectos políticos a fin de derivar eventualmente en la producción de una hegemonía de clase y, en consecuencia, de un nuevo bloque histórico −en el sentido gramsciano.
No obstante, como apunta Alma Pérez (2006), el liberalismo democrático reformista habría estado inspirado en el movimiento anarquista iniciado por Ricardo Flores Magón, quien habiéndose educado desde la Filosofía en el positivismo comtiano, pero así también en las obras del socialismo revolucionario y del anarquismo a partir de las obras de Karl Marx, Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin, Piotr Kropotkin, Errico Malatesta, respectivamente, fundaría no sólo el periódico Regeneración en el que difundirá dichas ideas, sino también el Programa del Partido Liberal y el Manifiesto a la Nación bajo el cual se habría estado convocando a la población obrera y posteriormente campesina a rebelarse contra el Porfiriato desde el año 1900.
Fiel a los principios del anarquismo y el socialismo revolucionario, el magonismo también plantearía el dilema de la revolución y la toma de tierra, lo que le hará converger con otras facciones revolucionarias ancladas a los movimientos de origen popular y campesino que, liderados por Francisco Villa en el norte y por Emiliano Zapata en el sur, no sólo habían iniciado rebeliones y lucha contra los hacendados desde antes de 1910, sino que también postulaban un proyecto político que, sin ser anticapitalista, sí era distinto al proyecto burgués de las facciones maderistas. Para Ricardo Flores Magón, la revolución no se detenía en la expropiación de la tierra y su distribución individual −principal demanda de los movimientos populares campesinos−, sino que se debía avanzar hacia la toma de posesión de toda la riqueza social, pues advertía que un reparto sin “comunismo, tanto en la producción como en el consumo, será un fracaso” (Magón en Bernal, 2015: 17–18).
Sin renunciar a sus proyectos políticos, las facciones opositoras involucradas irán convergiendo hacia la articulación de una praxis revolucionaria contra la dictadura. El 15 de abril de 1910, en calidad de candidatura conjunta de presidencia y vicepresidencia, Francisco I. Madero y Francisco Gómez Vázquez anunciaran las bases de su plan de gobierno, en el que quedarán agrupadas las demandas de las distintas facciones alineadas y entre las que figurarían: el restablecimiento de lo que prescribe la Constitución, la no reelección, la efectividad del sufragio, la mejora de la condición material, intelectual y moral del obrero, el desarrollo de riqueza pública, el fomento a la grande y pequeña agricultura, el desarrollo de la minería, la industria y el comercio, las buenas relaciones con países extranjeros – especialmente latinoamericanos – y la mexicanización del personal ferrocarrilero.
En la praxis revolucionaria, la cuestión agraria sería central. El planteamiento de la restitución de tierras sería un aliciente que permitiría articular una correlación de fuerzas sociopolíticas entre las clases subalternas campesinas y proletarias organizadas en diferentes facciones. Precisamente, la proclamación del Plan de San Luis marca el inicio de la Revolución Mexicana “como eslabón significativo en la historia de la modernidad mexicana” (Matute, 2005) y en cuyas mociones se haría de la cuestión agraria un asunto de primer orden.
“Tierra y Libertad”, surgido en 1861 en San Petersburgo (Rusia) como nombre de pila de una sociedad secreta anarco-comunista (Samaniego, 2021), se convertiría en uno de los lemas más emblemáticos que captura el potencial libertario de la Revolución Mexicana, pues ésta no sólo dinamitaría la desestabilización de las estructuras socio-históricas legadas, sino que, al configurarse como un gran movimiento sociopolítico, vectorizaría un profundo proceso de transformación con tintes modernistas que inspirarían la renovación del proyecto nacional en México luego del Porfiriato, pero así también el de otras experiencias en América Latina con las que haría resonancia.
Es preciso apuntar que la alianza entre las clases subalternas se fundó en el hastío compartido frente a las terribles condiciones materiales que determinaban su existencia y que estaban ligadas a las estructuras coloniales latifundistas, pero así también a la sobreexplotación laboral que ya había motivado movimientos y huelgas proletarias que en su momento fueron violentamente reprimidas por el régimen (por ejemplo, la huelga de Cananea en Sonora en 1906 o la de Río Blanco en Veracruz en 1907). Es decir, la Revolución Mexicana se desplegaría en su pleno sentido libertario y modernizador como una fuerza que no sólo recogería la reclama histórica del reparto agrario, sino que, como observarían algunas facciones (especialmente las magonistas anárquicas agrupadas en el Partido Liberal Mexicano, PLM), también parecía prefigurar una revolución de mayores proporciones que, eventualmente y sin proponérselo de inicio, podría haber estado anunciando el hipotético fin del capitalismo en México.
El conflicto armado revolucionario contra el régimen porfirista iniciaría en el norte del país y se extendería hacia el sur. En 1911, el resultado de los comicios haría de Madero el nuevo presidente electo. No obstante, las tensiones y oposiciones entre las facciones revolucionarias precipitarían una ruptura en la correlación de fuerzas sociopolíticas. Frente al incumplimiento de las demandas sociales relacionadas con el reparto de tierras, las facciones magonistas y zapatistas adjudicarían a Madero la traición al movimiento revolucionario. En el norte de México, Francisco Villa avanzará lentamente en la confiscación y reparto de la tierra, mientras Pascual Orozco irá organizando en Chihuahua un levantamiento contra el gobierno maderista, dadas las promesas agrarias no cumplidas. Por su parte, la facción zapatista proclamaría el Plan de Ayala (1911) con el que, reivindicando una vez más la consigna de restitución de tierras mediante la expropiación e indemnización, exigiría el reparto agrario, pero ahora amparándose en la propuesta de detentar la propiedad y el usufructo de la tierra sólo para quienes estuvieran en condiciones de trabajarla:
En virtud de que la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos no son más dueños que del terreno que pisan sufriendo los horrores de la miseria sin poder mejorar en nada su condición social ni poder dedicarse a la industria o a la agricultura por estar monopolizados en unas cuantas manos las tierras, montes y aguas, por esta causa se expropiarán, previa indemnización de la tercera parte de esos monopolios a los poderosos propietarios de ellas, a fin de que los pueblos y ciudadanos de México obtengan ejidos, colonias, fundos legales para pueblos, o campos de sembradura o de labor, y se mejore en todo y para todo la falta de prosperidad y bienestar de los mexicanos (Zapata et. al.,1911).
En 1913 el movimiento contrarrevolucionario liderado por Félix Díaz, Bernardo Reyes y Victoriano Huerta orquestan el cuartelazo con el que inician un golpe de Estado en el que inclusive el embajador estadounidense Henry Lane Wilson habría participado. Por instrucciones de Huerta, jefe militar encargado de la protección de Palacio Nacional, el golpe se fraguaría a partir de la aprehensión sin orden judicial de Francisco I. Madero y José María Pino Suarez, a quienes se les obligaría a renunciar a la presidencia y vicepresidencia, respectivamente. En respuesta, las revueltas y conflagraciones se extenderían por todo el país. Aunque Victoriano Huerta se haría con la presidencia, pronto Venustiano Carranza, que en aquél entonces era gobernador de Coahuila, irá congregando y alineando a la facción oligárquica conservadora de la burguesía. Así, en 1913, emitirá el Plan Guadalupe mediante el que, suscribiendo el principio constitucionalista del modelo federalista adoptado en la Constitución de 1857 y apoyándose en la gestión militar de Álvaro Obregón, desconocerá al gobierno de Huerta, asumiendo desde ese momento la presidencia (Soto, 2016: 20). Luego de la lucha entre las facciones opositoras al gobierno usurpador de Huerta, se producirá el derrocamiento de los golpistas. El 05 de febrero de 1917 se promulgará la nueva Constitución −aún vigente− y en abril de ese mismo año Venustiano Carranza se hará con la presidencia vía elecciones.
A través del diálogo con los dirigentes campesinos se irá propiciando no sólo la desmovilización, el desarme y la pacificación de facciones campesinas rebeldes, pero así también bajo promesas de libertad sindical y mejoras laborales se neutralizaría la resistencia obrera. Con ello, se irá minando la posibilidad de una eventual alianza entre el campesinado y el proletariado (Soto, 2016:19). Y, aunque la cuestión agraria quedaría regulada en la Constitución de 1917, el Artículo 27 dispondrá tanto la restitución de las tierras a los dueños “originales” como el reparto al campesinado a partir de ir eliminando el latifundio. No obstante, sería sólo durante el cardenismo que se producirá el reparto más significativo, con casi 18 millones de hectáreas distribuidas bajo el régimen ejidal.
Si bien no existe un consenso sobre el año o momento específico en el que culmina la Revolución Mexicana, la figura de Carranza marca el inicio de una contrarrevolución que se despliega desde arriba. Las diferentes versiones historiográficas sitúan el fin de la Revolución Mexicana en el año de 1917 con la promulgación de Constitución. Sin embargo, otras más lo hacen en 1920 con la presidencia de Adolfo de la Huerta o bien en 1924 con Plutarco Elías Calles. Inclusive otras interpretaciones apuntan hacia 1940 con el fin del mandato de Lázaro Cárdenas, bajo el cual se habrían concretado parcialmente algunas de las más significativas demandas revolucionarias.
A pesar de que el desenlace de la Revolución Mexicana apunta a una desviación en la trayectoria histórica inicialmente prometida para obreros y campesinos, es innegable que la experiencia inauguró fértiles posibilidades históricas. Evocando a José C. Valadés (2014), la Revolución Mexicana no se trató de una sola revolución, sino de muchas, inscritas dentro de un proceso más amplio al que le dieron forma y sentido. Convergieron muchos movimientos, pero así también las irreconciliables diferencias hicieron inevitables las rupturas. Aunque la Revolución Mexicana calza en sus orígenes con la noción de revolución permanente, el liberalismo democrático reformista y el constitucionalismo terminan frenando o ralentizando la inercia revolucionaria, haciendo de ésta un proceso no sólo inconcluso, sino también domesticado a través de la dilución de su potencial libertario.
Con un sentido creativo, el agrarismo de la Revolución Mexicana emergerá como una fuente de inspiración ideológica y programática para la política agraria sandinista en Nicaragua, pero así también servirá de referencia para organizar y pensar los movimientos agrarios en Colombia. Es decir, la historia de Revolución Mexicana es también el relato de una praxis social que con potencial libertario y modernizador abrió una trayectoria y discusión no sólo en México, sino también en América Latina. A la postre e independientemente del desenlace, la Revolución Mexicana proporcionó una experiencia que no se agota en su pasado. Por el contrario, aún pervive en el eco que hace a la realidad mexicana y en el imaginario social crítico latinoamericanista.
Referencias
Cómo citar este artículo APA (7.ª edición):
Regazo Flores, B. (2026, 16 de abril). Revolución Mexicano. Modernismo Latinoamericano. https://www.modernismolatinoamericano.org/revolucion-mexicana/
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