Arte incorporado a la arquitectura

Paulina Varas A. Investigadora y pro­fe­so­ra titu­lar del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello. Doctora en his­to­ria y teo­ría del arte, Universidad de Barcelona. Parte de la RedCsur y del cen­tro Ciencia Diversa.

Ciudad: Santiago
Productor: Artistas chilenas/os
Personas Vinculadas: Eduardo Martínez Bonati, Nemesio Antúnez, Alfredo Manzano (Manzanito), Patricia Velasco, Paulina Brugnoli, Mario Toral, Mario Carreño, Héctor Herrera, Guillermo Núñez, José Balmes, Lucía Rosas, Gracia Barrios, José Venturelli, Rodolfo Opazo, Juan Egenau, German Arestizábal, Francisco Brugnoli, Luz Donoso, Pedro Millar, Roberto Matta, Sergio Mallol, grupo de Bordadoras de Isla Negra, Roser Bru, Sergio Castillo, Ricardo Mesa, Eduardo Vilches, Iván Vial, Santos Chávez, Carlos Ortúzar, Félix Maruenda, Ricardo Irarrázaval, Luis Mandiola, Federico Assler, Marta Colvin, Samuel Román, Juan Bernal Ponce
Ubicación: Archivo de Arte y Arquitectura de la UNCATD III
País: Chile

Para la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD III) el gobierno de la Unidad Popular cons­tru­yó en Santiago un edi­fi­cio inau­gu­ra­do en 1972. Las for­mas de impli­can­cia de los dis­tin­tos agen­tes tie­nen que ver con un clima de época que iba fil­trán­do­se en muchos estra­tos de la vida chi­le­na. El his­to­ria­dor del Arte Ernesto Saúl seña­la que “en Chile, a par­tir del 4 de sep­tiem­bre de 1970, los artis­tas comien­zan a preo­cu­par­se con más inten­si­dad de los pro­ble­mas rela­cio­na­dos con lo polí­ti­co y lo social” (Saúl, 1972), sin negar las ini­cia­ti­vas que habían esta­do fra­guán­do­se en los años sesen­ta como la res­pues­ta chi­le­na al arte expe­ri­men­tal o con­cep­tual, para el autor es en la coyun­tu­ra de la Unidad Popular cuan­do la pre­gun­ta sobre la fun­ción social del arte se va a agu­di­zar. 

En 1971 el artis­ta chi­leno Eduardo Martínez Bonati quien for­ma­ba parte del Taller de Arte Integrado junto al artis­ta Carlos Ortuzar, fue con­vo­ca­do por el grupo de arqui­tec­tos José Covacevic, Hugo Gaggero, José Medina, Juan Echeñique y Sergio González Espinoza para incor­po­rar obras de arte al pro­yec­to de la UNCTAD III. Martinez enton­ces invi­tó a un grupo de artis­tas chilenos/as a rea­li­zar obras en el edi­fi­cio bajo la idea de “arte incor­po­ra­do a la arqui­tec­tu­ra”, como seña­la: “Esto era algo que no se había hecho nunca y, a causa de esto, tuve que bus­car una acti­tud fren­te a la incor­po­ra­ción del arte al edi­fi­cio. Nosotros había­mos lle­va­do años incor­po­ran­do cosas a dis­tin­tos edi­fi­cios y espa­cios urba­nos y pensé cómo podía­mos jus­ti­fi­car la par­ti­ci­pa­ción de muchos artis­tas, pero no ais­la­dos sino que una par­ti­ci­pa­ción que inva­die­ra el edi­fi­cio con la volun­tad de ser parte de lo que esta­ba suce­dien­do en el país; esa fue la base” La noción de “incor­po­ra­do” enton­ces puede enten­der­se como una forma de supe­rar la alie­na­ción en la que esta­ba sub­su­mi­da la rela­ción del sis­te­ma de arte con las fuer­zas de la esfe­ra públi­ca en los perío­dos ante­rio­res a la emer­gen­cia del arte expe­ri­men­tal de fines de los años sesen­ta, este lla­ma­do a “ser parte de” impli­ca­ba pen­sar las obras en un pro­ce­so que no solo iba a alte­rar lo que se entien­de por arte pro­duc­to de su resul­ta­do si no que iba a afec­tar direc­ta­men­te a los crea­do­res, quie­nes debe­rían pen­sar su misma prác­ti­ca de arte al inte­rior de este pro­ce­so y sobre todo en rela­ción direc­ta con los aspec­tos de uso del edi­fi­cio. Incorporar no sólo se refe­ría a cues­tio­nes mate­ria­les, tam­bién invo­lu­cra­ba una forma de rela­cio­nar y arti­cu­lar las obras con la fun­ción social que se le reque­ría en el momen­to, pero sobre todo apor­tar con lógi­cas de pro­xi­mi­dad entre las obras y los/as espec­ta­do­res, como seña­la Martínez Bonati “El Arte Incorporado es de otro modo. Tiende a crear un museo en toda la ciu­dad, en todo el ambien­te. No está con­fi­na­do a un recin­to espe­cia­li­za­do, pasa a for­mar parte de la vida común y dia­ria, pasa a enri­que­cer, a embe­lle­cer la exis­ten­cia de todos los que entran en con­tac­to con él. No es pro­pie­dad de nin­gún ser en espe­cial, es pro­pie­dad de un medio social colec­ti­vo” (Martínez Bonati, 1972). Esto impli­ca­ba una exi­gen­cia para los y las artis­tas y tam­bién para la noción de obra y con­tex­to den­tro un edi­fi­cio públi­co y sus alre­de­do­res. 

Entonces en este sen­ti­do prác­ti­co, incor­po­rar el arte a la arqui­tec­tu­ra incluía tam­bién borrar fron­te­ras posi­bi­li­tan­do que los nive­les de crea­ción fue­ran múl­ti­ples. El arte era enten­di­do como un ele­men­to más en la expe­rien­cia urba­na y social, en este sen­ti­do no está plan­tea­do úni­ca­men­te desde lo esté­ti­co, ya que como fina­li­za Martínez Bonati, “en él caben todas las con­cep­tua­li­da­des for­ma­les que ten­gan reali­dad en el pre­sen­te his­tó­ri­co. Más bien, deci­mos que el Arte Incorporado es un plan­tea­mien­to en el campo social” (Martínez Bonati, 1972).  Esto quie­re decir que no es una con­cep­tua­li­za­ción que pro­vie­ne úni­ca­men­te de una refle­xión esté­ti­ca del arte, si no que su nivel de com­pro­mi­so viene dado por un cues­tio­na­mien­to que esta­ba en el ambien­te de la época desde las pro­ble­má­ti­cas socia­les y desde la diver­si­dad de pos­tu­ras que había en el ambien­te polí­ti­co y social de la Unidad Popular.

La arti­cu­la­ción del pro­yec­to arqui­tec­tó­ni­co con las pro­pues­tas apor­ta­das por los artis­tas visua­les que fue­ron invitados/as a rea­li­zar una inter­ven­ción artís­ti­ca para el edi­fi­cio mar­ca­ron un hito en la mane­ra de enten­der la pro­ce­sua­li­dad, no solo esta­ban seña­lan­do una prác­ti­ca mate­rial y for­mal dia­lo­gan­te entre la pro­duc­ción artís­ti­ca y las con­di­cio­nes de uso del edi­fi­cio que se cons­truía, sino que esta­ban seña­li­zan­do una tem­po­ra­li­dad ideo­ló­gi­ca, donde el pro­ce­so de mate­ria­li­za­ción se refle­ja­ba en la medi­da que tra­ba­ja­ban cada día colec­ti­va­men­te en las obras. Esta expe­rien­cia pudo apre­ciar­se en la forma de hacer las obras para que tuvie­ran una fun­ción prác­ti­ca y a la vez las mis­mas fue­ron creán­do­se mien­tras el edi­fi­cio se esta­ba cons­tru­yen­do. Esto per­mi­tió mayor movi­li­dad a la hora de pen­sar los sitios donde se ubi­ca­rían y la fun­ción espe­cí­fi­ca que podrían tener algu­nas obras. 

Algunas de las obras incor­po­ra­das son las escul­tu­ras que eran duc­tos de ven­ti­la­ción o tapi­ces mura­les que ayu­da­ban en la ais­la­ción de soni­dos de una sala con otra. Algunos artis­tas que desa­rro­lla­ban una obra figu­ra­ti­va ejer­ci­ta­ron otras for­mas , como el artis­ta y arqui­tec­to Bernal Ponce, que regu­lar­men­te pin­ta­ba mura­les, se deci­dió a cons­truir en uno de los techos del edi­fi­cio de la UNCTAD III una obra que se trans­for­mó en un gran vitral ilu­mi­nan­do la entra­da prin­ci­pal; por otro lado el escul­tor Ricardo Mesa se dedi­có a los tira­do­res de algu­nas puer­tas; en la entra­da al casino el pin­tor y gra­ba­dor Nemesio Antúnez dise­ñó una com­po­si­ción geo­mé­tri­ca de bal­do­sas que daba la bien­ve­ni­da al lugar. En el caso del escul­tor Félix Maruenda, pro­yec­tó una de las escul­tu­ras del edi­fi­cio, como seña­ló, “Me pro­pu­se dise­ñar una chi­me­nea que, sin disi­mu­lar su fun­ción, trans­for­ma­ra el tubo tra­di­cio­nal que sirve de sali­da a los gases en una estruc­tu­ra que, ubi­ca­da en ese espa­cio, armo­ni­za­ra con el edi­fi­cio y con el ambien­te que lo rodea, en una solu­ción de for­mas agra­da­bles.” (Navarrete, 2007). Esta obra fue rea­li­za­da por el artis­ta con un grupo de estu­dian­tes y sim­bo­li­zó por varios años una forma de inte­gra­ción del arte con el edi­fi­cio y sobre todo las for­mas de tra­ba­jo colec­ti­vo que se die­ron en aquel lugar. Los mura­les tex­ti­les de Gracia Barrios, Roser Bru, las arpi­lle­ris­tas y del dúo de Luz Donoso y Pedro Millar, entre otras/os tenían la fun­ción de ais­lar los muros de algu­nas de las salas del edi­fi­cio. Las for­mas de pro­duc­ción de cada una de estas obras tie­nen una his­to­ria de pro­ce­sos colec­ti­vos con diver­sas per­so­nas que se impli­ca­ron en su fabri­ca­ción

Al fina­li­zar la Conferencia de la UNCTAD III el edi­fi­cio alcan­zó a fun­cio­nar como el Centro Cultural Gabriela Mistral por algu­nos meses. Tras el golpe mili­tar que bom­bar­deó La Moneda, el edi­fi­cio fue trans­for­ma­do en la sede de la Junta Militar. En ese mismo momen­to, muchas de las obras de arte fue­ron modi­fi­ca­das, des­apa­re­ci­das, roba­das o tal vez des­trui­das, hasta el día de hoy se des­co­no­ce su para­de­ro

Referencias

MARTÍNEZ BONATI, Eduardo. Arte de anti­mu­seo. Revista Quinta Rueda, 1972, nº 3 

NAVARRETE, Carlos. Una mira­da a la tra­yec­to­ria escul­tó­ri­ca de Félix Maruenda. En AAVV Félix Maruenda. Santiago: Fundación Pablo Neruda, 2007. p. 102–109

SAÚL Ernesto, Pintura social en Chile Santiago: Quimantú, 1972.

VARAS, Paulina “Arte en la arqui­tec­tu­ra. Notas sobre la apa­ri­ción y des­apa­ri­ción de las obras de arte del edi­fi­cio de la UNCTAD III” En: Revista Andinas
VARAS, Paulina y LLANO, José (eds.) 275 días. Sitio, tiem­po, con­tex­to y afec­cio­nes espe­cí­fi­cas. Santiago: MOP/Comisión Nemesio Antúnez, 2011.

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