
Arte incorporado a la arquitectura
Paulina Varas A. Investigadora y profesora titular del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello. Doctora en historia y teoría del arte, Universidad de Barcelona. Parte de la RedCsur y del centro Ciencia Diversa.
Para la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD III) el gobierno de la Unidad Popular construyó en Santiago un edificio inaugurado en 1972. Las formas de implicancia de los distintos agentes tienen que ver con un clima de época que iba filtrándose en muchos estratos de la vida chilena. El historiador del Arte Ernesto Saúl señala que “en Chile, a partir del 4 de septiembre de 1970, los artistas comienzan a preocuparse con más intensidad de los problemas relacionados con lo político y lo social” (Saúl, 1972), sin negar las iniciativas que habían estado fraguándose en los años sesenta como la respuesta chilena al arte experimental o conceptual, para el autor es en la coyuntura de la Unidad Popular cuando la pregunta sobre la función social del arte se va a agudizar.
En 1971 el artista chileno Eduardo Martínez Bonati quien formaba parte del Taller de Arte Integrado junto al artista Carlos Ortuzar, fue convocado por el grupo de arquitectos José Covacevic, Hugo Gaggero, José Medina, Juan Echeñique y Sergio González Espinoza para incorporar obras de arte al proyecto de la UNCTAD III. Martinez entonces invitó a un grupo de artistas chilenos/as a realizar obras en el edificio bajo la idea de “arte incorporado a la arquitectura”, como señala: “Esto era algo que no se había hecho nunca y, a causa de esto, tuve que buscar una actitud frente a la incorporación del arte al edificio. Nosotros habíamos llevado años incorporando cosas a distintos edificios y espacios urbanos y pensé cómo podíamos justificar la participación de muchos artistas, pero no aislados sino que una participación que invadiera el edificio con la voluntad de ser parte de lo que estaba sucediendo en el país; esa fue la base” La noción de “incorporado” entonces puede entenderse como una forma de superar la alienación en la que estaba subsumida la relación del sistema de arte con las fuerzas de la esfera pública en los períodos anteriores a la emergencia del arte experimental de fines de los años sesenta, este llamado a “ser parte de” implicaba pensar las obras en un proceso que no solo iba a alterar lo que se entiende por arte producto de su resultado si no que iba a afectar directamente a los creadores, quienes deberían pensar su misma práctica de arte al interior de este proceso y sobre todo en relación directa con los aspectos de uso del edificio. Incorporar no sólo se refería a cuestiones materiales, también involucraba una forma de relacionar y articular las obras con la función social que se le requería en el momento, pero sobre todo aportar con lógicas de proximidad entre las obras y los/as espectadores, como señala Martínez Bonati “El Arte Incorporado es de otro modo. Tiende a crear un museo en toda la ciudad, en todo el ambiente. No está confinado a un recinto especializado, pasa a formar parte de la vida común y diaria, pasa a enriquecer, a embellecer la existencia de todos los que entran en contacto con él. No es propiedad de ningún ser en especial, es propiedad de un medio social colectivo” (Martínez Bonati, 1972). Esto implicaba una exigencia para los y las artistas y también para la noción de obra y contexto dentro un edificio público y sus alrededores.
Entonces en este sentido práctico, incorporar el arte a la arquitectura incluía también borrar fronteras posibilitando que los niveles de creación fueran múltiples. El arte era entendido como un elemento más en la experiencia urbana y social, en este sentido no está planteado únicamente desde lo estético, ya que como finaliza Martínez Bonati, “en él caben todas las conceptualidades formales que tengan realidad en el presente histórico. Más bien, decimos que el Arte Incorporado es un planteamiento en el campo social” (Martínez Bonati, 1972). Esto quiere decir que no es una conceptualización que proviene únicamente de una reflexión estética del arte, si no que su nivel de compromiso viene dado por un cuestionamiento que estaba en el ambiente de la época desde las problemáticas sociales y desde la diversidad de posturas que había en el ambiente político y social de la Unidad Popular.
La articulación del proyecto arquitectónico con las propuestas aportadas por los artistas visuales que fueron invitados/as a realizar una intervención artística para el edificio marcaron un hito en la manera de entender la procesualidad, no solo estaban señalando una práctica material y formal dialogante entre la producción artística y las condiciones de uso del edificio que se construía, sino que estaban señalizando una temporalidad ideológica, donde el proceso de materialización se reflejaba en la medida que trabajaban cada día colectivamente en las obras. Esta experiencia pudo apreciarse en la forma de hacer las obras para que tuvieran una función práctica y a la vez las mismas fueron creándose mientras el edificio se estaba construyendo. Esto permitió mayor movilidad a la hora de pensar los sitios donde se ubicarían y la función específica que podrían tener algunas obras.
Algunas de las obras incorporadas son las esculturas que eran ductos de ventilación o tapices murales que ayudaban en la aislación de sonidos de una sala con otra. Algunos artistas que desarrollaban una obra figurativa ejercitaron otras formas , como el artista y arquitecto Bernal Ponce, que regularmente pintaba murales, se decidió a construir en uno de los techos del edificio de la UNCTAD III una obra que se transformó en un gran vitral iluminando la entrada principal; por otro lado el escultor Ricardo Mesa se dedicó a los tiradores de algunas puertas; en la entrada al casino el pintor y grabador Nemesio Antúnez diseñó una composición geométrica de baldosas que daba la bienvenida al lugar. En el caso del escultor Félix Maruenda, proyectó una de las esculturas del edificio, como señaló, “Me propuse diseñar una chimenea que, sin disimular su función, transformara el tubo tradicional que sirve de salida a los gases en una estructura que, ubicada en ese espacio, armonizara con el edificio y con el ambiente que lo rodea, en una solución de formas agradables.” (Navarrete, 2007). Esta obra fue realizada por el artista con un grupo de estudiantes y simbolizó por varios años una forma de integración del arte con el edificio y sobre todo las formas de trabajo colectivo que se dieron en aquel lugar. Los murales textiles de Gracia Barrios, Roser Bru, las arpilleristas y del dúo de Luz Donoso y Pedro Millar, entre otras/os tenían la función de aislar los muros de algunas de las salas del edificio. Las formas de producción de cada una de estas obras tienen una historia de procesos colectivos con diversas personas que se implicaron en su fabricación
Al finalizar la Conferencia de la UNCTAD III el edificio alcanzó a funcionar como el Centro Cultural Gabriela Mistral por algunos meses. Tras el golpe militar que bombardeó La Moneda, el edificio fue transformado en la sede de la Junta Militar. En ese mismo momento, muchas de las obras de arte fueron modificadas, desaparecidas, robadas o tal vez destruidas, hasta el día de hoy se desconoce su paradero
Referencias
MARTÍNEZ BONATI, Eduardo. Arte de antimuseo. Revista Quinta Rueda, 1972, nº 3
NAVARRETE, Carlos. Una mirada a la trayectoria escultórica de Félix Maruenda. En AAVV Félix Maruenda. Santiago: Fundación Pablo Neruda, 2007. p. 102–109
SAÚL Ernesto, Pintura social en Chile Santiago: Quimantú, 1972.
VARAS, Paulina “Arte en la arquitectura. Notas sobre la aparición y desaparición de las obras de arte del edificio de la UNCTAD III” En: Revista Andinas
VARAS, Paulina y LLANO, José (eds.) 275 días. Sitio, tiempo, contexto y afecciones específicas. Santiago: MOP/Comisión Nemesio Antúnez, 2011.
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