Las cátedras nacionales 

Diego Giller Sociólogo. Docente e Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con sede en el Instituto del Desarrollo Humano de la Universidad Nacional de General Sarmiento (IDH-UNGS) 

Ciudad: Buenos Aires
Productor: Militantes pero­nis­tas, mili­tan­tes cató­li­cos, docen­tes.
Personas Vinculadas: Estudiantes y docen­tes de la Universidad de Buenos Aires. Justino O’Farrell, Gonzalo Cárdenas, Roberto Carri, Horacio González, Alcira Argumedo, Susana Checa, César Mendieta, Fernando Álvarez, Norberto Wilner, Enrique Pecoraro, Gunnar Olsson, Ernesto Villanueva, Jorge Carpio y Juan Pablo Franco.
País: Argentina

“Nos sedu­cían las arti­cu­la­cio­nes de las bio­gra­fías con los pro­ce­sos de la his­to­ria, igno­ran­do la con­tun­den­cia que ten­drían los pro­ce­sos de la his­to­ria sobre nues­tras bio­gra­fías”

— Alcira Argumedo, 2004

Fugaz, pero inten­sa. Así fue la vida de las “cáte­dras nacio­na­les” en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Llamadas de ese modo por los estu­dian­tes, habían naci­do hacia fina­les de 1968, al inte­rior de la carre­ra de Sociología, en ese enton­ces depen­dien­te de la Facultad de Filosofía y Letras. El ori­gen, curio­so, no estu­vo exen­to de para­do­jas. El 29 de julio de 1966, el golpe de Estado que Juan Carlos Onganía había dado un mes antes, pro­vo­có uno de los even­tos más peno­sos de la his­to­ria uni­ver­si­ta­ria del país: la “noche de los bas­to­nes lar­gos”. ¿Qué fue? El brus­co des­alo­jo de cinco facul­ta­des de la UBA que se encon­tra­ban toma­das por buena parte de la comu­ni­dad aca­dé­mi­ca en pro­tes­ta con­tra el decre­to que ponía fin a la auto­no­mía uni­ver­si­ta­ria y daba comien­zo a su inter­ven­ción. El efec­to inme­dia­to fue el cesan­teo y la renun­cia de muchos pro­fe­so­res. Para ocu­par los car­gos vacan­tes, el gobierno mili­tar con­fió en el apoyo del “pero­nis­mo ofi­cial” y en jóve­nes vin­cu­la­dos al cato­li­cis­mo. Quiso creer que por sus diá­lo­gos con la buro­cra­cia sin­di­cal, y que por el hecho de que varios pro­vi­nie­ran de la Universidad Católica, ins­ti­tu­ción que había apo­ya­do el golpe, se trans­for­ma­rían en sos­tén del régi­men de facto. Pero en la carre­ra de socio­lo­gía las cosas resul­ta­ron dife­ren­tes. Porque muchos de los que ingre­sa­ron venían con otras ideas. Justino O’ Farrell y Gonzalo Cárdenas, dos de los prin­ci­pa­les ani­ma­do­res de las “cáte­dras nacio­na­les” –nom­bra­dos en 1969 direc­tor de la carre­ra uno y direc­tor del Instituto de Sociología el otro–, ya habían opta­do por un cris­tia­nis­mo reno­va­dor y mili­tan­te que bus­ca­ba estre­char lazos con el pero­nis­mo movi­mien­tis­ta. Y muchos de sus jóve­nes cola­bo­ra­do­res, entre los que se encon­tra­ban, Roberto Carri, Horacio González, Alcira Argumedo, Susana Checa, César Mendieta, Fernando Álvarez, Norberto Wilner, Enrique Pecoraro, Gunnar Olsson, Ernesto Villanueva, Jorge Carpio y Juan Pablo Franco, tam­bién comen­za­ban a for­mar parte del pero­nis­mo de la línea del “socia­lis­mo nacio­nal”.

Su rápi­da opo­si­ción al onga­nia­to se dejó adi­vi­nar fácil­men­te. Como fácil­men­te se dejó adi­vi­nar tam­bién su dispu­ta aca­dé­mi­ca con lo que que­da­ba en pie de la “socio­lo­gía cien­tí­fi­ca” de Gino Germani –fun­da­dor de la carre­ra, y para enton­ces ya fuera del país– y con la pers­pec­ti­va mar­xis­ta de los que habían sido sus dis­cí­pu­los: Eliseo Verón y Miguel Murmis. Es que las “cáte­dras nacio­na­les” ense­ña­ban socio­lo­gía a par­tir de una feroz crí­ti­ca de la dis­ci­pli­na, a la que qui­sie­ron bien lejos del cien­ti­fi­cis­mo y de sus incli­na­cio­nes ins­ti­tu­cio­na­lis­tas y pro­fe­sio­na­les. Anhelaron fun­dar una “socio­lo­gía nacio­nal” que fuera capaz de crear una cien­cia popu­lar, crí­ti­ca del impe­ria­lis­mo y del colo­nia­lis­mo y que, con infle­xio­nes lati­no­ame­ri­ca­nas y ter­cer­mun­dis­tas, habla­ra las jer­gas del cris­tia­nis­mo, del socia­lis­mo nacio­nal y del pero­nis­mo. Para ellas, la teo­ría debía disol­ver­se en el movi­mien­to nacio­nal, pero nunca al revés. El reper­to­rio de lec­tu­ras iba de Charles Wright Mills a Frantz Fanon, pasan­do por Peter Worsley, las teo­rías de la depen­den­cia en las ver­sio­nes de André Gunder Frank y Theotonio dos Santos, el movi­mien­to pos­con­ci­liar, Arturo Jauretche, John William Cooke y Hernández Arregui, Adorno y la Escuela de Frankfurt, Hegel y Marx, del que les intere­sa­ba su noción de con­tra­dic­ción pero no las zonas que con­si­de­ra­ban deter­mi­nis­tas, dog­má­ti­cas y euro­cén­tri­cas y que, por lo mismo, impe­dían dar con el ver­da­de­ro ser social: el nacio­nal y pero­nis­ta. La con­tra­dic­ción prin­ci­pal, sos­te­nían, era menos bur­gue­sía y pro­le­ta­ria­do que impe­ria­lis­mo y nación. 

Pero quizá su dispu­ta mayor haya sido con las lla­ma­das “cáte­dras mar­xis­tas” de Juan Carlos Portantiero, Oscar Landi, María Braun e Isidoro Cheresky. Divididas por la cues­tión pero­nis­ta, ambas cáte­dras ense­ña­ban “Introducción a la socio­lo­gía” y “Sociología sis­te­má­ti­ca” de forma para­le­la. El clima de época y la situa­ción de semi-lega­li­dad aca­dé­mi­ca en la que se encon­tra­ban entre­gó varias esce­nas cómi­cas. Por caso, que los estu­dian­tes eli­gie­ran en asam­blea quién se que­da­ría con la mate­ria o que un teó­ri­co lo dic­ta­ra O´Farrell y el siguien­te Portantiero y que en las comi­sio­nes una clase la diera alguien de las “cáte­dras nacio­na­les” y la que seguía alguien de las “cáte­dras mar­xis­tas”. Así se con­vi­vió hasta que en 1971 el decano inter­ven­tor de Filosofía y Letras se pro­pu­so nor­ma­li­zar la carre­ra lla­man­do a con­cur­sos. Y ahí, al menos buro­crá­ti­ca­men­te, la expe­rien­cia de las “cáte­dras nacio­na­les” llegó a su fin: los car­gos de titu­lar por los que com­pi­tió O´Farrell en esas dos mate­rias se decla­ra­ron desier­tos y los de adjun­to los obtu­vo Portantiero y no Carri. 

Pero su final, en reali­dad, tuvo razo­nes más dra­má­ti­cas. Estaban ins­crip­tas en el cora­zón de una pers­pec­ti­va que, basa­da en la “pri­ma­cía de lo polí­ti­co”, quiso lle­var la uni­ver­si­dad hacia afue­ra de las aulas como un inten­to de que­brar la dico­to­mía entre docen­cia y mili­tan­cia, entre teo­ría y prác­ti­ca. Fue así que la bús­que­da de una socio­lo­gía enre­da­da con la acción revo­lu­cio­na­ria y la libe­ra­ción nacio­nal, supu­so que, más tem­prano que tarde, sus inte­gran­tes deja­ran de reco­no­cer­se como inte­lec­tua­les que inven­ta­ban teo­rías para poner al ser­vi­cio de la causa pero­nis­ta y de la revo­lu­ción socia­lis­ta y pasa­ran a fun­dir­se sin dife­ren­cias de saber con la clase obre­ra y el pue­blo. A pesar de que una vez con­clui­da la expe­rien­cia de las “cáte­dras nacio­na­les” con el docu­men­to “De base y con Perón” (1972), algu­nos de sus ani­ma­do­res fue­ran esco­gi­dos para ejer­cer impor­tan­tes car­gos de ges­tión en la bre­ví­si­ma expe­rien­cia de la lla­ma­da Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires, duran­te el rec­to­ra­do de Rodolfo Puiggrós, entre mayo de 1973 y sep­tiem­bre de 1974, ya muchos de ellos habían esco­gi­do la opción arma­da revo­lu­cio­na­ria, que ter­mi­na­ría en el pasa­je a la clan­des­ti­ni­dad y, por lo mismo, en el aban­dono de la uni­ver­si­dad. Pocos años des­pués, varios de esos nom­bres serán parte de los 30.000 dete­ni­dos-des­apa­re­ci­dos por la dic­ta­du­ra cívi­co-mili­tar que comen­zó en 1976.
Además de publi­car sus posi­cio­nes teó­ri­cos-polí­ti­cas en las revis­tas Antropología 3er Mundo (1968–1973), de Guillermo Martínez, y Envido (1970–1973), que diri­gía Arturo Armada, lega­ron unos cuan­tos libros impor­tan­tes, entre los que des­ta­can Isidro Velázquez. Formas pre revo­lu­cio­na­rias de la vio­len­cia (1968) de Carri, Las luchas nacio­na­les con­tra la depen­den­cia. Historia Social Argentina (1969), de Cárdenas y Ser social y Tercer Mundo (1969), de Norberto Wilner, con pró­lo­go de Amelia Podetti. En esos escri­tos, pero tam­bién en las cla­ses uni­ver­si­ta­rias, bus­ca­ron repo­ner el acer­vo y las len­guas nacio­nal-popu­la­res de América Latina, cuyo acce­so a las aulas esta­ba hasta enton­ces clau­su­ra­do, pudien­do así tra­du­cir un con­jun­to de luchas en un pen­sa­mien­to ori­gi­nal que recla­ma su lugar en la his­to­ria de la teo­ría social uni­ver­sal. Y que toda­vía nos inter­pe­la.

Referencias

AA. VV (1972). “De base y con Perón. Un docu­men­to auto­crí­ti­co de las ex cáte­dras nacio­na­les”, en Antropología 3er. Mundo, núme­ro 10, junio. Buenos Aires.

Anguita, E. y Caparrós, M. (2011). La volun­tad. Una his­to­ria de la mili­tan­cia revo­lu­cio­na­ria en la Argentina. Tomo 1/1966–1969: El valor del cam­bio. Buenos Aires: Booket. 

Argumedo, A. (1991). “Entrevista: Razón dia­léc­ti­ca y aná­li­sis mul­ti­va­ria­do”, en El Ojo Mocho, núme­ro 1, Buenos Aires.

Argumedo, A. (2004). Los silen­cios y las voces en América Latina. Notas sobre el pen­sa­mien­to nacio­nal y popu­lar. Buenos Aires: Ediciones del Pensamiento Nacional.

Delich, F. (1977). Crítica y auto­crí­ti­ca de la razón extra­via­da. 25 años de Sociología. Buenos Aires: El Cid Editor.

González, H. (2000). “Cien años de socio­lo­gía en Argentina: la leyen­da de un nom­bre”, en H. 

González (comp.), Historia crí­ti­ca de la socio­lo­gía argen­ti­na. Los raros, los clá­si­cos, los cien­tí­fi­cos, los dis­cre­pan­tes. Buenos Aires: Colihue.

Mocca, E. (2012). Portantiero, Juan Carlos: Un iti­ne­ra­rio polí­ti­co-inte­lec­tual. Buenos Aires: Ediciones de la Biblioteca Nacional. 

Recalde, A. (2016). Intelectuales, pero­nis­mo y uni­ver­si­dad. Buenos Aires: Punto de Encuentro.

Cómo citar este artícu­lo APA (7.ª edi­ción):
Giller. D. (2026, 16 de abril). Las cáte­dras nacio­na­les. Modernismo Latinoamericano.
https://www.modernismolatinoamericano.org/las-catedras-nacionales/

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