
Las cátedras nacionales
Diego Giller Sociólogo. Docente e Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con sede en el Instituto del Desarrollo Humano de la Universidad Nacional de General Sarmiento (IDH-UNGS)
“Nos seducían las articulaciones de las biografías con los procesos de la historia, ignorando la contundencia que tendrían los procesos de la historia sobre nuestras biografías”
— Alcira Argumedo, 2004
Fugaz, pero intensa. Así fue la vida de las “cátedras nacionales” en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Llamadas de ese modo por los estudiantes, habían nacido hacia finales de 1968, al interior de la carrera de Sociología, en ese entonces dependiente de la Facultad de Filosofía y Letras. El origen, curioso, no estuvo exento de paradojas. El 29 de julio de 1966, el golpe de Estado que Juan Carlos Onganía había dado un mes antes, provocó uno de los eventos más penosos de la historia universitaria del país: la “noche de los bastones largos”. ¿Qué fue? El brusco desalojo de cinco facultades de la UBA que se encontraban tomadas por buena parte de la comunidad académica en protesta contra el decreto que ponía fin a la autonomía universitaria y daba comienzo a su intervención. El efecto inmediato fue el cesanteo y la renuncia de muchos profesores. Para ocupar los cargos vacantes, el gobierno militar confió en el apoyo del “peronismo oficial” y en jóvenes vinculados al catolicismo. Quiso creer que por sus diálogos con la burocracia sindical, y que por el hecho de que varios provinieran de la Universidad Católica, institución que había apoyado el golpe, se transformarían en sostén del régimen de facto. Pero en la carrera de sociología las cosas resultaron diferentes. Porque muchos de los que ingresaron venían con otras ideas. Justino O’ Farrell y Gonzalo Cárdenas, dos de los principales animadores de las “cátedras nacionales” –nombrados en 1969 director de la carrera uno y director del Instituto de Sociología el otro–, ya habían optado por un cristianismo renovador y militante que buscaba estrechar lazos con el peronismo movimientista. Y muchos de sus jóvenes colaboradores, entre los que se encontraban, Roberto Carri, Horacio González, Alcira Argumedo, Susana Checa, César Mendieta, Fernando Álvarez, Norberto Wilner, Enrique Pecoraro, Gunnar Olsson, Ernesto Villanueva, Jorge Carpio y Juan Pablo Franco, también comenzaban a formar parte del peronismo de la línea del “socialismo nacional”.
Su rápida oposición al onganiato se dejó adivinar fácilmente. Como fácilmente se dejó adivinar también su disputa académica con lo que quedaba en pie de la “sociología científica” de Gino Germani –fundador de la carrera, y para entonces ya fuera del país– y con la perspectiva marxista de los que habían sido sus discípulos: Eliseo Verón y Miguel Murmis. Es que las “cátedras nacionales” enseñaban sociología a partir de una feroz crítica de la disciplina, a la que quisieron bien lejos del cientificismo y de sus inclinaciones institucionalistas y profesionales. Anhelaron fundar una “sociología nacional” que fuera capaz de crear una ciencia popular, crítica del imperialismo y del colonialismo y que, con inflexiones latinoamericanas y tercermundistas, hablara las jergas del cristianismo, del socialismo nacional y del peronismo. Para ellas, la teoría debía disolverse en el movimiento nacional, pero nunca al revés. El repertorio de lecturas iba de Charles Wright Mills a Frantz Fanon, pasando por Peter Worsley, las teorías de la dependencia en las versiones de André Gunder Frank y Theotonio dos Santos, el movimiento posconciliar, Arturo Jauretche, John William Cooke y Hernández Arregui, Adorno y la Escuela de Frankfurt, Hegel y Marx, del que les interesaba su noción de contradicción pero no las zonas que consideraban deterministas, dogmáticas y eurocéntricas y que, por lo mismo, impedían dar con el verdadero ser social: el nacional y peronista. La contradicción principal, sostenían, era menos burguesía y proletariado que imperialismo y nación.
Pero quizá su disputa mayor haya sido con las llamadas “cátedras marxistas” de Juan Carlos Portantiero, Oscar Landi, María Braun e Isidoro Cheresky. Divididas por la cuestión peronista, ambas cátedras enseñaban “Introducción a la sociología” y “Sociología sistemática” de forma paralela. El clima de época y la situación de semi-legalidad académica en la que se encontraban entregó varias escenas cómicas. Por caso, que los estudiantes eligieran en asamblea quién se quedaría con la materia o que un teórico lo dictara O´Farrell y el siguiente Portantiero y que en las comisiones una clase la diera alguien de las “cátedras nacionales” y la que seguía alguien de las “cátedras marxistas”. Así se convivió hasta que en 1971 el decano interventor de Filosofía y Letras se propuso normalizar la carrera llamando a concursos. Y ahí, al menos burocráticamente, la experiencia de las “cátedras nacionales” llegó a su fin: los cargos de titular por los que compitió O´Farrell en esas dos materias se declararon desiertos y los de adjunto los obtuvo Portantiero y no Carri.
Pero su final, en realidad, tuvo razones más dramáticas. Estaban inscriptas en el corazón de una perspectiva que, basada en la “primacía de lo político”, quiso llevar la universidad hacia afuera de las aulas como un intento de quebrar la dicotomía entre docencia y militancia, entre teoría y práctica. Fue así que la búsqueda de una sociología enredada con la acción revolucionaria y la liberación nacional, supuso que, más temprano que tarde, sus integrantes dejaran de reconocerse como intelectuales que inventaban teorías para poner al servicio de la causa peronista y de la revolución socialista y pasaran a fundirse sin diferencias de saber con la clase obrera y el pueblo. A pesar de que una vez concluida la experiencia de las “cátedras nacionales” con el documento “De base y con Perón” (1972), algunos de sus animadores fueran escogidos para ejercer importantes cargos de gestión en la brevísima experiencia de la llamada Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires, durante el rectorado de Rodolfo Puiggrós, entre mayo de 1973 y septiembre de 1974, ya muchos de ellos habían escogido la opción armada revolucionaria, que terminaría en el pasaje a la clandestinidad y, por lo mismo, en el abandono de la universidad. Pocos años después, varios de esos nombres serán parte de los 30.000 detenidos-desaparecidos por la dictadura cívico-militar que comenzó en 1976.
Además de publicar sus posiciones teóricos-políticas en las revistas Antropología 3er Mundo (1968–1973), de Guillermo Martínez, y Envido (1970–1973), que dirigía Arturo Armada, legaron unos cuantos libros importantes, entre los que destacan Isidro Velázquez. Formas pre revolucionarias de la violencia (1968) de Carri, Las luchas nacionales contra la dependencia. Historia Social Argentina (1969), de Cárdenas y Ser social y Tercer Mundo (1969), de Norberto Wilner, con prólogo de Amelia Podetti. En esos escritos, pero también en las clases universitarias, buscaron reponer el acervo y las lenguas nacional-populares de América Latina, cuyo acceso a las aulas estaba hasta entonces clausurado, pudiendo así traducir un conjunto de luchas en un pensamiento original que reclama su lugar en la historia de la teoría social universal. Y que todavía nos interpela.
Referencias
AA. VV (1972). “De base y con Perón. Un documento autocrítico de las ex cátedras nacionales”, en Antropología 3er. Mundo, número 10, junio. Buenos Aires.
Anguita, E. y Caparrós, M. (2011). La voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina. Tomo 1/1966–1969: El valor del cambio. Buenos Aires: Booket.
Argumedo, A. (1991). “Entrevista: Razón dialéctica y análisis multivariado”, en El Ojo Mocho, número 1, Buenos Aires.
Argumedo, A. (2004). Los silencios y las voces en América Latina. Notas sobre el pensamiento nacional y popular. Buenos Aires: Ediciones del Pensamiento Nacional.
Delich, F. (1977). Crítica y autocrítica de la razón extraviada. 25 años de Sociología. Buenos Aires: El Cid Editor.
González, H. (2000). “Cien años de sociología en Argentina: la leyenda de un nombre”, en H.
González (comp.), Historia crítica de la sociología argentina. Los raros, los clásicos, los científicos, los discrepantes. Buenos Aires: Colihue.
Mocca, E. (2012). Portantiero, Juan Carlos: Un itinerario político-intelectual. Buenos Aires: Ediciones de la Biblioteca Nacional.
Recalde, A. (2016). Intelectuales, peronismo y universidad. Buenos Aires: Punto de Encuentro.
Cómo citar este artículo APA (7.ª edición):
Giller. D. (2026, 16 de abril). Las cátedras nacionales. Modernismo Latinoamericano. https://www.modernismolatinoamericano.org/las-catedras-nacionales/
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